Te saludo, Reina mía, no con el obsequioso plañido de un esclavo temeroso al que estás acostumbrada, y tampoco te saludo con la nueva voz, con las zalameras súplicas de la untuosa burguesía negra, ni con el berrido intimidador del rudo liberto, sino que con mi propia voz te saludo, con la voz del Hombre Negro. Y aunque te saludo de nuevo, mi saludo no es nuevo, sino tan viejo como el sol, la luna y las estrellas. Y más que señalar un nuevo comienzo, mi saludo significa únicamente mi retorno. He regresado de entre los muertos. Te hablo desde el Aquí y el Ahora. Estuve muerto durante cuatrocientos años. Durante cuatrocientos años fuiste una mujer sola, despojada de su hombre, una mujer sin compañero. Durante cuatrocientos años ni fui tu hombre, ni mi propio hombre. El blanco se interponía entre nosotros, gravitaba sobre nosotros, nos andaba en torno. El blanco era tu hombre y mi hombre. No te tomes a la ligera esta verdad, Reina Mía, pues aunque el hecho de que te hablo se nos ha metido hasta el tuétano de los huesos y ha diluido nuestra sangre, tenemos que sacarlo a la superficie de la mente, al reino del conocimiento, fijar nuestra mirada en él, y contemplarlo como una serpiente enroscada en la cuna de un niño, o entre las frescas flores de la tumba de una madre. Tiene que ser ponderado y comprendido con el corazón, pues la bota del hombre blanco es nuestro punto de partida, nuestro punto de resolución y de retorno, el pivote ensangrentado de nuestro futuro. (Pues quisiera que recordaras que antes de que pudiésemos salir de la esclavitud tuvimos que ser bajados de nuestro trono.)
A través del abismo boqueante de la masculinidad negada, de cuatrocientos años sin testículos, nos enfrentamos el uno al otro, Reina Mía. Siento un dolor profundo, aterrador, el dolor de la humillación del guerrero vencido. La vergüenza del corredor de pies ligeros que tropieza al comenzar la carrera. No tengo justificación. No puedo soportar mirarte a los ojos. ¿No habías notado (sin duda, lo debes haber advertido ya: ¡cuatrocientos años!) que durante cuatrocientos años había sido incapaz de mirarte a los ojos?...
Te oí entonces… tu grito me llegó como una quemante centella que dejó una cicatriz blanca en mi espalda. En cobarde estupor, con corazón palpitante y rodillas temblorosas, contemplé el látigo de muerte del esclavista restallar en el aire y cortar con finos dientes tu delicada carne, la tierna y negra carne de la maternidad africana, el látigo que expulsaba prematuramente a la vida sobresaltada de tu desgarrado y ultrajado vientre, el vientre que incubó a Etiopía y pintó el Congo de negro y parió a los zulúes el vientre de Mero, el vientre del Nilo, del Níger, el vientre de Songhay, de Malí, de Ghana, el vientre que sintió el poderío de Chaka antes de que viera el sol, el Vientre Sagrado, el vientre que conocía el futuro de Jomo Kenyatta, el vientre de los mau mau, el vientre de todos los negros, el vientre que dio vida a Toussaint L’Overture, que calentó a Nat Turner, y a Gabriel Posser y a Denmark grimas la cadena interminable de la flor y nata de África, la sal negra de la Tierra, esa anónima e interminable cadena negra que se hundió gimiendo en el olvido del gran abismo, el vientre que recibió y alimentó y retuvo firmemente la semilla y dio a cambio a la verdad establecida, y a la hermana Tubman y a Rosa Parks, y a Bird, y a Richard Wright, y a Marcus Garvey, DuBois, Kwame Nkrumah, Paul Robeson, Malcolm X y Robert Williams y al que pariste con dolor y le amaste, Elijah Muhammad, peri sobre todo a ese anónimo ser que arrancaron de tu vientre con un río de sangre asesinada que salpicó el lodo y se hundió en él.
Pero ponte tu corona, Reina Mía, y levantaremos una Ciudad Nueva, sobre estas ruinas.

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