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miércoles, 7 de marzo de 2012

Haití... Tierra Maldita (por Cris González)

Dios (o el Destino o la Vida o al que le corresponda tener que hacer estos macabros actos, llámese como se llame) vuelve de nuevo a castigar al negro.
Es como si su negritud fuese una marca de dolor.

El negro es resignado, sí señor. Sereno ante la desgracia, la catástrofe, la hecatombe, soberbio ante el sufrimiento, elegante ante el dolor. El negro tiene asumido que su sino es sufrir, doler, penar por todos los pecados de todos los hombres de todas las generaciones pasadas y futuras. El negro es como el muñeco de vudú en el que todo se purga. Y no se queja. Nunca se queja. Y se siguen cebando con él.

Pasa hambre, pasa frío o calor, pasa necesidad, enfermedades (todas se prueban en él, las antiguas, las nuevas, las aún no inventadas), pasa catástrofes naturales. Y no se quejan.
Sólo se oye su música, como un murmullo, a lo lejos. Su voz cantarina llorando a sus muertos, llorándose a sí mismos.

Qué más da que grite el negro. ¿A quién le va a gritar? ¿Para qué gastar esas pocas fuerzas?.
Haití.... Tierra de esclavos que fueron libres por su propia mano.Buscaban libertad y la encontraron. No la que muchos reclaman ahora sino la verdadera: la que diferenciaba la vida o la muerte, la dignidad o la degradación absoluta del ser humano. Nunca nadie les ha pedido perdón. Ganaron. Fueron los primeros en hacerlo. No necesitaron a nadie, a ningún blanco que les indicara el camino porque se lo sabían de memoria. Habían tenido tiempo de pensarlo en los barcos de negreros en los que los arrancaron de sus patrias, en los mercados donde los mercadearon, en las plantaciones o "granjas" donde se les consideraba algo así como ganado dedos patas, los que no tenían "alma" (decían) y a los que era válido aplicar cualquier tipo de perversión porque ni siquiera eran personas. Los esclavizamos, señores. Y nunca volvimos a hablar de esa vergüenza. Nadie la reparó ni nadie pidió perdón. Ellos ni siquiera lo exigieron, como era su derecho. Más que su derecho. Pero fueron libres por sí mismos, sin ayuda de nadie y abolieron la esclavitud. Buscaban la libertad y vivir como personas en las "tierras montañosas" (que es lo que significa Haití). Siento tanto decir que no lo consiguieron. Que fueron pioneros y copiaron lo peor de sus verdugos, convirtiéndose en el país más pobre de América Latina a día de hoy. Con nada llegaron, con nada se van.

Y como para el negro nunca es bastante, ahora llega el terremoto (o los terremotos) y todo es devastado. La nada es devastada. ¿Qué queda ahora?.
Lo miro y siento que aún siguen siendo esclavos aunque en sus pasaportes diga que son hombres y mujeres libres con nombres y apellidos.

La gente se muere en las calles, a la puerta de los hospitales (haciendo una calmosa cola, sin llorar, sin exigir, sin golpear porque los atiendan, porque no los dejen morir allí como perros, mientras esperan), los cadáveres se apilan, no hay comida, no hay agua, no hay casas, no hay ONU (vuelve a aparecer esta vieja conocida incompetente, absurda, señal de muerte e inoperancia), no hay militares ni médicos, nadie ayuda, nadie rescata. Los dejan morir mientras los medios de comunicación propios y extraños los graban. Y ellos allí están, tirados, muertos, buscando cuerpos, arañando con sus propias manos el suelo, los cascotes, la comida inexistente... Y nosotros los miramos. Y no vemos personas. Seguimos sin verlas. Pobres negros!!!. Seguimos sin verlos!!!.Y ellos siguen sin quejarse, sin protestar. Resignados a su negritud y a su suerte. Como si arrastraran una maldición que ya no pesa con el paso de los siglos.

Nunca se hubiera permitido esto. No digo ya lo del terremoto sino toda la podredumbre que desde su independencia hay en este trozo maldito de isla y que ahora provoca, no ya el desastre natural sino todas las consecuencias posteriores. Su gente es la más pobre del mundo, según una de esas encuestas de escaso honor para los países participantes en ellas. No hay educación, no hay trabajo, no hay sanidad, no hay comida, no hay recursos ni ayudas. Sólo gente. Sólo negros. A cientos, a miles. Es como si en verdad hubieran ganado su libertad y su independencia de tal modo que el mundo entero los hubiera abandonado. Sólo tienen eso, libertad. De todo lo demás carecen. Y lo hemos permitido. Un barco de negros en el mar. ¿qué nos importa?.
Ahora sí. Los vemos en el telediario y nos duelen. ¿Y hasta ahora?. ¿Sabíamos de Haití, de su historia, nos preocupaban, nos daban pena?. Ni siquiera los conocíamos.

Y ahora ¿por qué les toca pagar de nuevo? ¿qué pecado cometieron?¿qué pecado cometimos? ¿por qué una y otra vez, como Sísifo empujando su piedra, ellos pagan por los pecados del mundo?. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta la Eternidad?

PARA QUE NO SE OLVIDE.

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