Procuraré agenciarme unas pinturas de plastidecor y comenzar de la siguiente forma:
¿De qué color es este? Marrón.
¿Y éste? Color carne.
Pues bien, así he crecido yo. Me enseñaron que el color carne era éste y que éste otro, era el marrón. De modo que, sin querer hacer demagogia, mi color era anómalo. Lo peor es que ni yo me lo planteé, claro que era bastante joven, ni ninguno de mis educadores. No fue traumático, pero, desde luego, podría haberlo sido.
Hace poco vi un documental llamado Binta y la gran idea. Se desarrolla en Senegal. Ahí el color carne es el negro.
Considerando que el mundo ya no es el que fue, que el ser humano se mueve, como siempre, pero con más intensidad y en mayor número que nunca, quizá, debiéramos abrir nuestra mente a todo lo que viene de todos los lados y pensar que el color carne es naranja claro, negro, marrón, amarillo... Así sería más fácil y desde luego, infinitamente más bonito.
He utilizado esta anécdota porque la escuela es una de las principales instituciones de socialización. En mi época también lo eran la iglesia y la familia y a día de hoy, a mi pesar, o quizá por mi “deformación profesional”, también incluiría a los medios de comunicación.
Dicho lo cual, trataré de desarrollar la realidad de la afrodescendencia española apoyándome en esas 4 patas sin dejar de lado la experiencia personal.
ESCUELA
Como afrodescendiente (este término me hace gracia todavía puesto que parto de la base de que todo el género humano lo es), pertenezco a una generación algo solitaria. La mayoría hemos sido los únicos negros en el colegio, en el instituto y de los pocos en la facultad. Hemos vivido esa soledad a nuestra manera y dependiendo de nuestro entorno la hemos encarado de una forma u otra. Creo, no obstante, que, pese a las diferencias todos compartimos una falta de referencias (más allá del núcleo familiar) extraordinaria; y a todos los niveles además, desde culturales hasta algo que puede resultar más banal, como es la estética.
Recuerdo que las protagonistas de las obras de teatro eran casi siempre las que mejores notas sacaban. Por aquel entonces, yo era la estudiante que obtenía los mejores resultados (estoy hablando de 2º de EGB) y mi profesora me adoraba. Lo lógico es que yo fuera la que encarnara el papel principal en la función navideña: “Blancanieves”. A mis 8 años, nunca me había parado a pensar que no pudiera hacer algún personaje por ser negra.
“No puedes ser Blancanieves, en todo caso, Negracarbón” . Así me lo dijeron y así lo asumí.
Puede que, lo que más me llame la atención, es que no sólo no hice de “prota” sino que me correspondiera el rol de bruja. La madrastra era blanca en el cuento, joven y bella, y la misma madrastra con su verdadero rostro, el de bruja, en la obra de teatro de mi cole, era negra. No podía ser una princesa pero sí una bruja.
No fue traumático pero, desde luego, podría haberlo sido.
Otro episodio destacable en mi vida académica, siendo ya más consciente, ha sido el no estudio de la realidad negra española. No me refiero al s.XV y al abominable inicio del comercio triangular y los esclavos, sino a la existencia de Guinea en tiempos más cercanos.
Se habla mucho de memoria histórica. Al margen de mis preferencias políticas, he de decir que estoy a favor de que los pueblos conozcan y recuerden su historia, para que no se repita o para que se repita tantas veces como quieran, pero sobre todo, porque es un derecho del que viene saber por qué está aquí y por qué las cosas son como son. Hoy es consecuencia de ayer, y así sucesivamente.
Entiendo que en esa línea de memoria o desmemoria, más bien, está el desconocimiento absoluto por parte de la gran mayoría de la población de la ligazón existente entre Guinea Ecuatorial y España. Nunca lo he estudiado en el colegio, tampoco en el instituto o en la facultad. Es de lógica, pues, que independientemente del grado de formación, el grueso de la población española (de una determinada edad) no sepa que Guinea fue España hace tan sólo 40 años.
Invisibilizando Guinea, se invisibiliza también a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Se invisibiliza a buena parte de la afrodescendencia española (nacida y residente en España).
No por decir muchas veces una mentira acaba por ser cierta. Pero si muchas veces no se cuenta la verdad, termina por olvidarse.
Así las cosas y, reconozco, partiendo de mi experiencia aunque extrapolable a la de varias personas en mi entorno, he de decir que la institución de socialización por excelencia, mantiene a la afrodescendencia en un limbo extraño que rara vez nos traumatiza pero que, desde luego, podría hacerlo. Francia para eso, con su aparato republicano aglutinador, es de otra manera. En la escuela te repiten que eres francés, que te sientas francés, que quieras a Francia y que Francia te quiere, ya seas negro, árabe o maorí. La vida real, fuera del colegio, es más dura de ahí que luego suceda lo que sucede... Pero volvamos a España...
SOLUCIONES:
Los libros de texto, los cuentos que se leen, los juegos que se hacen y los dibujos que se miran o se colorean, deben reflejar la realidad actual, diversa en varios aspectos: La familia puede ser monoparental, de padres o madres homosexuales, separados con vida sentimental rehecha, puede tener miembros de culturas diferentes, pueden convivir niños adoptados y biológicos... Las opciones son amplias y amplia ha de ser también la cobertura que ofrezca la principal institución educativa.
Negar la evidencia supondría invisibilizar a más de un colectivo y reducir lo que verdaderamente somos a una representación mediatizada e incompleta. Más pobre y menos interesante.
Importante sería también, conseguir un mayor acceso al mundo laboral en el sector educativo de profesores de las diferentes comunidades étnicas como forma de crear referentes, no sólo entre los de su etnia, sino en general. Serviría para desmontar tópicos y prejuicios de manera duradera por la influencia que ejercería en la joven conciencia de los alumnos el tener en su entorno de autoridad, tradicionalmente asociada a un perfil único dominante, a alguien (varios, muchos) que se salieran de lo que entienden como habitual.
Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la discriminación positiva en la contratación sino, más bien, con la motivación implementada por parte de quienes rodean al individuo (incluidos los profesores en la época escolar y, como no, la familia) y recibida por los potenciales maestros como seres susceptibles de transformar la realidad y la percepción de la misma.
IGLESIA
Estudié religión católica hasta 8º de EGB. No estoy bautizada ni soy creyente, por tanto, poco puedo aportar en este sentido.
Considerando que España ya no es un país con una única religión, que el porcentaje de ateos y agnósticos ha crecido mucho, y que su poder político es cada vez menor, me permito poner en duda su influencia actual como elemento de socialización. Quedan, con todo, los sentimientos de culpa derivados de años de educación en esta línea. Creamos o no.
Lo que yo percibí en la época en la que estaba más cerca de la Iglesia es que sus iconos eran señores de ojos claros y vírgenes rubias. Eso en Europa. En África es otra cosa... pero yo vivo aquí. Es más, y me gusta recordarlo y recordármelo, soy de aquí.
SOLUCIONES:
Cambiar de religión, practicar fuera de Europa, asumir la espiritualidad de forma individual o, definitivamente, alejarse de las religiones.
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
El acceso a los medios de comunicación y a las redes sociales en España es casi universal: hay diarios gratuitos que se reparten diariamente en el metro, un televisor mínimo por cada casa, radios en prácticamente todos los coches y usar internet como nuevo soporte informativo es bastante común.
¿Y qué reflejan esos medios sobre la afrodescendencia española? . Pregúntenselo. Reflexionen. Echen la vista atrás. Recuerden. Estrújense. ¿Nada? Pues eso, nada. Salen negros, sí, inmigrantes recién llegados normalmente, sí, en situaciones penosas casi siempre, sí, desvalidos en la mayor parte de las ocasiones, sí, o delinquiendo, sí. Pero...¿negros españoles? o ¿negros en situación de normalidad? Pocos muy pocos.
¿ Y qué hay de las series de televisión? ¿ En cuántas aparece un negro haciendo de algo que no sea prostituta, asistente doméstica o con acento extranjero?. Acento africano, dicen, como si en África hubiera un sólo acento... Lo mismo sucede, con otras minorías. Recuerdo sólo dos ejemplos, una chica que hacía de policía científica española en Antena 3 y otro que hacía de policía en “Los hombres de Paco”. Temo que a veces lo que reflejan los medios, que debieran ser un espejo de la sociedad, acabe por deformar la percepción de la realidad por parte de quien los sigue. ¿Qué quiero decir con esto? Que si los medios no muestran más que una selección del espectro completo que es la realidad, y siempre la cercena por el mismo rasero, finalmente, la gente acabará creyendo que lo real es lo que ve en la tele, no lo que sucede en la calle. Y ya sucede, porque de lo contrario, no se sorprenderían de lo real.
En México, de hecho, las personas que salen en las telenovelas “no existen” . La pequeña pantalla “idealiza” la sociedad marcando las pautas de cómo debería ser o a dónde debería encaminarse.
Hay negros inmigrantes, prostitutas, asistentes domésticos, pero que además los hay estudiantes, médicos, jardineros, profesores, abogados, cantantes, sociólogos... y también, curioso, españoles.
Eso en lo que respecta a los objetos de los medios.
En lo relativo a los sujetos, a los que crean la información o a los que la difunden, tendría que haber una amplitud de miras que ahora no existe (de lo contrario, todo lo anterior no tendría por qué ser escrito). Los jefes del mundo deberían bajar a la calle y encontrarse con la gente que lo puebla. Descubrirían que ha cambiado mucho desde que “nació” y que las fronteras, como líneas imaginarias que son , pueden traspasarse con más facilidad que nunca, merced al desarrollo de los medios de comunicación y del transporte. Los jefes del mundo deberían salir de sus despachos, montarse en el metro, visitar los colegios públicos y mantener la mirada al ser humano que tuvieran enfrente. Aprenderían tanto...
Aprenderían, por ejemplo, que lo mejor de ser daltónico o ciego, es que se contrata a buenos periodistas y no a caras bonitas, ni a colores de moda... Lamentablemente no es así y no somos transparentes (sólo cuando quieren). Así que, raro es que, salvo en las cadenas públicas, haya más de un negro y aún en estas, difícil es que haya al menos dos en un mismo programa. ¿La razón? Disculpen que no la sepa...
SOLUCIONES:
Aún asumiendo el recorte lógico que se produce en la selección de la noticia (reportaje, documental, película, serie basada en la realidad o novela-idem-) y el tratamiento de la misma, debe hacerse un esfuerzo de inclusión a fin de lograr devolver un reflejo de la realidad primigenia más fidedigno que el que se da ahora.
¿Cómo? A través de la mayor presencia de colectivos hasta ahora semi-invisibles, inexistentes o con presencia limitada o estereotipada. Tal es el caso de los negros, homosexuales, inmigrantes, gitanos, personas con discapacidad...
Otra herramienta básica, bajo mi punto de vista, sería mejorar el uso del lenguaje eliminando vocablos tales como “avalancha” cuando se habla de advenimiento de inmigrantes. A menos que lo que se pretenda es provocar pánico. En esta línea, deberían abolirse en el ámbito privado y especialmente en el público expresiones que puedan denigrar a cualquier colectivo y, por el contrario, dignificar términos que no tienen nada de malo y que se usan con temor como “negro”, “indio” o “gitano”.
Así mismo, y esto lo estudié en ética periodística, entiendo que sería bueno que se obviara la procedencia o la etnia de la víctima o el agresor en caso de suceso porque lo contrario contribuye a que se produzca una asociación entre delincuencia e inmigración. Más, a veces también, se señala el origen extranjero del protagonista de la noticia aun siendo este español , como si su ascendencia contuviera una carga genética que le indujera al crimen. Se olvida, pues, que el nacido en España, criado en España y educado en España probablemente tendrá más de español que de la nacionalidad de sus progenitores. Esto no es ni mejor ni peor, es simplemente así, sin connotaciones.
FAMILIA:
Si la familia española llevara mucho tiempo sin mirarse al espejo, no se reconocería. Se vería algo vieja y sin embargo, más moderna, con menos miembros pero más dispares, de colores, sin anillos o con ellos...
De modo que... la familia ha cambiado, así que su rol como institución educativa también puede haberlo hecho.
El grueso de los afrodescendientes en España, es fundamentalmente de 2ª y 3ª generación (aunque, como decía, todos somos afrodescendientes), o sea que sólo los padres, o únicamente los abuelos, en algunos casos, han nacido fuera de España (tal y como la conocemos ahora).
En mi caso, el de fuera, es mi padre. Su labor ha sido complicada. Él llevaba una mochila llena de experiencias, colonialismo, resistencia, españolidad y africanismo, de independencia, de aprendizaje, pensaba en otra lengua aunque se expresaba mejor que muchos de aquí en ésta.
Ser negro en este contexto va más allá del mero hecho “melanítico”. Implica, entre otras cosas, contar con un bagaje diferente en un espacio que no le es propio y tratar de compartirlo.
La transmisión de valores ajenos a los de la mayoría de la sociedad en el microcosmos que es la familia, no es fácil.
Suelen asociar a la madre esa labor. Supongo que se debe a que tradicionalmente es la que más tiempo pasaba con los niños. La vida ha cambiado y ahora, la madre trabaja igual que el padre. Con todo, lo cierto es que sí suele coincidir que cuando sólo uno de los progenitores es de fuera y es la madre, sus hijos hablan el idioma de ella; cuando es el padre, no siempre, rara vez, y con suerte.
Pero en España hubo más ecuatoguineanos que ecuatoguineanas que llegaron al país (ahora la tendencia se ha invertido y son más féminas las que vienen que varones). Muchos formaron familias con sus paisanas, pero otros tantos, lo hicieron con españolas.
Llegados a este punto me permito repetir que las mujeres no se casaban con negros sino con hombres africanos con una cultura que, aunque tamizada por las escuelas de formación colonial, no dejaba de ser diferente y, en ocasiones, parece, incompatible con la de aquí. Al menos, a nivel sentimental. De ahí que se hayan producido infinidad de divorcios entre parejas mixtas. Y después de la separación, no siempre, lejanía.
Así las cosas, muchos hijos de padres guineanos han crecido con una nula referencia y conocimiento de su raíz africana. Eso provoca un choque con la realidad cotidiana ya que, al margen de su españolidad de hecho y de derecho son cuestionados y referidos con relativa asiduidad a un mundo que, la mayoría, desconoce de manera directa.
Los que han mantenido el vínculo con su parte africana (padres, padre, o madre), aprenden por descuido. Imbuídos de un día a día que consiste en España fuera de casa y media Guinea, dentro. En casa gallina con arroz y salsa de cacahuete, también paella y tortilla, en la calle, pinchos. En casa música africana, fuera, pachanga. Familia en el hogar, visitas, fotos, peinados, historias, reuniones. En el exterior se habla más bajo y no todo el mundo abre las puertas de su casa por no sé qué cosa de la intimidad... Del idioma de nuestros padres, poco , eso sí. Algunos afortunados han tenido la suerte de aprender o de ser enseñados.
Incidiendo en el asunto de la lengua, pienso en cómo los hijos de los inmigrantes mexicanos que viven en EEUU, no quieren hablar el idioma de sus progenitores porque les parece el de los vencidos, el de los pobres, el de la huida... Los mexicanos les llaman renegados. Muchos se avergüenzan del acento de sus padres. Quizá se debe a la actitud de sus vástagos se deba a que ellos mismos se sienten inferiores y, precisamente por eso no quieren enseñar a sus hijos a expresarse con su mismo código. Es raro en un país como Estados Unidos en donde, al fin y al cabo, salvo los amerindios, todos son inmigrantes.
En España ahora, hay tantos orígenes que dudo mucho que algo así pueda suceder... En mi época sí recuerdo que a la gente le llamaba la atención la manera en la que hablaba mi padre. No se reían. No se lo permitiría. Lamentablemente no he aprendido el idioma natal de él, pero sí que ha sabido transmitirme un profundo orgullo por saber de dónde vengo. Y de donde yo vengo (de uno de los sitios de donde yo vengo, porque tengo la suerte de tener dos tierras a las que amo) , el castellano, que es una lengua impuesta, se habla así.
“ Vete a tu país”, nos dicen. Y a veces consiguen que queramos irnos. Pero... ¿a qué país? De repente, un día, algunos desde siempre, otros no lo harán nunca, despertamos con el puño en alto. Queremos hincharnos de conocimientos, de negritud, de África, queremos llenar el estómago de información y vivencias. Pero las vivencias no se estudian, no se leen. Viajamos. En los previos, nos construímos una isla mental, como la Ítaca de Ulises a la que regresar. Y cuando “regresamos” descubrimos que esa es la Ítaca de nuestros padres, y no la nuestra. Porque por mucho que amemos África, sólo la conocemos a medias, sólo la hemos vivido a medias, y, allí nos tienen por africanos a medias. Y ni siquiera nuestros padres la conocen 100% ya que ellos dejaron una Guinea Ecuatorial, en este caso, que ya no existe. El tiempo la ha cambiado.
Pero a pesar de todo, cada vez que vamos, decimos que volvemos (¡aunque sea la primera vez!).
SOLUCIONES
A veces pienso en la frustración que debe ser para un padre el no saber cómo trasladar un país, una cultura, sus recuerdos a su hijo en un contexto tan diferente... A menudo, ni siquiera manejamos el mismo “lenguaje” (no hablo del oral o del escrito sino del que atañe a la diferencia generacional, y a la forma de ver el mundo...). Supongo que lo mejor que se puede hacer es llevar al niño a los orígenes (¡a todos!) para que beban de ellos sin sermones, de forma natural, como lo hicieron ellos.
En la familia sigue estando la clave, o una de ellas, porque la educación no se imparte sólo en las escuelas. De hecho, en el sitio del que nos trajeron nuestros padres, la educación informal y la no formal, quizá hasta cuente más...
Decía Maalouf en “Identidades Asesinas” que nos gusta eso de encasillarnos en lugar de disfrutar de nuestra grandeza, de nuestra capacidad poliédrica de tener muchas caras al mismo tiempo. Decía también, que tendemos a posicionarnos del lado de la identidad más débil, no por flaca, sino por minoritaria. Leía el libro y sonreía porque me reconocía. Quizá debería hacerle un poco de caso y recordarme que biologicamente soy negra y blanca, legalmente española a pesar de que también me sienta ecuatoguineana, mi genética dice que soy mujer, y mis años que soy joven (todavía, no?), mi formación me convirtió en periodista, y geográficamente, aunque muy cerca de África, nací europea, soy de la tierra, es un hecho, soy de izquierdas por elección, soy atea, para mí, por lógica... Nadie debería obligarnos a escoger qué parte de nosotros somos porque, por suerte, somos infinidad de cosas. Somos ricos.
Genial.
ResponderEliminarme encantaaaaa, ya lo había leído pero no prescribe Luci, es sencillamente genial.
ResponderEliminarEyin