Señor presidente de la Cámara, cuando una mujer joven acaba de licenciarse en la universidad y busca un empleo, debe enfrentarse a un montón de experiencias frustrantes e incluso humillantes. Si entra en un despacho para solicitar una entrevista, lo primero que le preguntan es: ¿Sabe usted escribir a máquina?
Existe un calculado sistema de prejuicios que yace detrás de esa pregunta. ¿Por qué es aceptable que las mujeres sean secretarias, bibliotecarias y maestras de escuela, pero es inaceptable que sean directoras, gestoras, médicas, abogadas y miembros del Congreso?
La suposición táctica es que las mujeres son distintas. Carecen de habilidades ejecutivas, mentes ordenadas, estabilidad, dotes de liderazgo y, además, son demasiado emocionales.
La sociedad discriminó durante mucho tiempo a otra minoría, la de los negros, considerándolos distintos e inferiores. El pequeño y feliz albañil y el “negrito” de la plantación fueron creados por el mismo prejuicio.
Como negra, no so ajena a los prejuicios raciales. Pero lo cierto es que en el campo político he sido más a menudo discriminada por ser mujer que por ser negra.
El prejuicio contra los negros se ha vuelto inaceptable y costará años erradicarlo. Pero se acabará con ese prejuicio porque, poco a poco, la América blanca está empezando a existir que existe. Los prejuicios contra las mujeres siguen siendo aceptables. Todavía existe muy poco conocimiento de la inmoralidad que suponen los dobles raseros en los salarios y en la clasificación –en la mayoría de empleos buenos- de “reservado para hombres”.
Más de la mitad de la población de Estados Unidos es femenina. Pero las mujeres ocupan sólo el dos por ciento de los puestos directivos. Todavía no han llegado a un plano de igualdad. Ninguna mujer ocupa un cargo importante en comités de empresa ni en el Tribunal Supremo. Sólo dos mujeres han llegado al gabinete presidencial, pero ahora no hay ninguna. Sólo dos mujeres han llegado a ser embajadoras en los cuerpos diplomáticos. En el Congreso sólo hay una senadora y diez representantes.
Teniendo en cuenta que existen tres millones y medio más de mujeres que de hombres en Estados Unidos, esta situación es escandalosa.
(…) Por esta razón, hoy deseo presentar una propuesta que ha circulado en todos los congresos de los últimos cuarenta años, y que tarde o temprano debe convertirse en parte integral de la Constitución: le enmienda por la igualdad de derechos.
Déjenme explicar y tratar de refutar dos de los argumentos más habituales que se plantean en contra de esta enmienda. Uno es que las mujeres ya están protegidas por la ley y no necesitan legislación adicional. Las leyes actuales no bastan para asegurar la igualdad de derechos para las mujeres. Prueba de ello es la concentración de mujeres en trabajos de rango bajo y poco gratificantes, así como su escasa participación en empleos de alto nivel. Si las mujeres ya fueran iguales ante la ley, ¿por qué es un acontecimiento que una sea elegida para el Congreso?
Es evidente que la discriminación existe. Las mujeres no tienen la s mismas oportunidades que los hombres. Y las mujeres que no se amoldan al sistema, que tratan de romper con pautas aceptadas, son tildadas de “raras” y “poco femeninas”. Lo cierto es que una mujer que aspire a ser presidenta de un consejo, o a ser miembro de la Cámara, lo hace exactamente por las mismas razones que cualquier hombre. Básicamente, estas razones son que se considera apta para el puesto y quiere aspirar a él.
Un segundo argumento que se escucha a menudo en contra de la enmienda por la igualdad de derechos es que invalidaría la legislación que han aprobado muchos Estados, e incluso el Gobierno Federal, relativa a la protección especial a la mujer, y que ello crearía un caos en las leyes que rigen el matrimonio y el divorcio.
Respecto a las leyes de matrimonio, debo decir que necesitan reformas importantes y un comienzo excelente sería eliminarlas por completo. Respecto a la protección especial prestada a las mujeres trabajadoras, no entiendo por qué se necesita. Las mujeres no necesitan una protección que tampoco necesitan los hombres. Lo que necesitamos son leyes que protejan a los trabajadores con el fin de garantizarles una paga justa, unas condiciones de trabajo seguras, subsidios en momentos de enfermedad y desempleo, y ayudas para un plan de pensiones digno y cómodo. Los hombres y las mujeres necesitan cubrir estas cuestiones por igual. El hecho de que un sexo necesite más protección que otro es un mito de supremacía masculina y resulta tan ridículo y despreciable como el mito de la supremacía blanca del que la sociedad está intentando librarse en este momento.
(Texto extraído del libro “Palabras que cambiaron el mundo, 50 DISCURSOS QUE HAN HECHO HISTORIA”. Editorial Leqtor).

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