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martes, 11 de octubre de 2011

El mendigo negro (publicado por El Armario de Yaïvi)

El otro día, iba yo por la calle.
Iba monísima vestida, con mi gran bolso en “vogue”, mis zapatos de todos los días y con aquella alegría, que confiere la tranquilidad de espíritu; La alegría de los corazones contentos. Aquel día, aquel mismo día, ese entusiasmo alborotador que me hacía caminar a pasos grandes y seguros se estampó vivamente contra la realidad.
El otro día iba yo por la calle y me encontré con un mendigo negro. Un mendigo negro. Aminoré mis pasos para mirarle mejor porque no podía creer lo que veían mis ojos. Le miré de arriba hacía abajo contemplándole en su miseria. El hombre estaba sentado en el suelo, la cabeza descansando encima de su rodilla derecha y de su mano estirada. Pies descalzo en pleno invierno, ropa sucia y zarrapastrosa, piel seca y ojos vidriosos. Me desconcertó ver a un mendigo negro. No es que nunca hubiese visto un mendigo, pero es que nunca había visto un mendigo negro en Europa.
Un negro pidiendo limosna en Europa.
Miré a mi alrededor avergonzada de que alguien pudiera pensar, como negros que éramos, que veníamos del mismo país. Pensé que aquel mendigo, avergonzaba a los negros por dar una imagen de mendicidad. Y de golpe me invadió una ira terrible. Un sentimiento de rabia contra aquel indigente, no por ser mendigo sino por ser negro y mendigar. ¿Por qué tenía limosnear? ¿Por qué tenía que pedir dinero?
Y le odié. La sensación era tan fuerte que creo que durante unos instante deje de respirar por la cólera, y por la vergüenza de la bochornosa situación. Me dio rabia pensar que aquel hombre, en su tierra tenía padres y hermanos en casa de los cuales podía comer, sin suplicar a nadie para que le dieran un par de monedas. Allí tendría una casa, por muy choza que sea, pero una casa al fin y al cabo. Allí tendría a alguien para dejarle un par de zapatos. Allí tendría agua y también tendría ropa decente. La gente será pobre en los países africanos, pero bien es conocida, nuestra hospitalidad. Allí tendría un abrazo de su gente y sonrisas en la cara de sus amigos. Allí sería alguien. Un hijo, un tío, un padre, un sobrina de alguien… A lo mejor, allí tendría una situación, una vida, una dignidad... ¿No era mejor ser mendigo en su tierra? ¿Qué tenía aquí sentado? Nada. La gente pasaba a su lado y se iba, sin dedicarle ni una mirada siquiera.
¿Sabían sus familiares de él? ¿Sabían ellos que su hijo del cual no tienen noticias desde lunas y lunas, está sentado en un suelo cualquiera de país europeo cualquiera, con la mano estirada y pasando hambre? Y se me revolcó el corazón. Pensar que a lo mejor hipotecó su vida para venir a Europa y acabar pidiendo limosna. ¿Y por que no volvía a su tierra? ¿Por qué no se iba allí e intentar su vida desde una base más hospitalaria y más inherente a él? ¿Por qué prefería vivir en la miseria sin ninguna opción de futuro?
Aún le estaba mirando, cuando de repente levantó la vista y me vio. Se me aceleró el pulso y abrí los ojos grandes, incomoda.
No sé qué pensó él. Supongo que también sintió vergüenza de ver a una negra como él, verle en esta situación. Le miré a los ojos y volví a sentir vergüenza. Pero esta vez de mí. Sentí vergüenza por juzgarle y avergonzarme de ver a un negro pidiendo limosna. Sentí vergüenza por ser una cobarde por tener miedo a que me juzgarán a mí, por su imagen a él y por no ver que mendigos, hay en todas partes. Nadie escoge ser mendigo. Sentí vergüenza porque me encontré en un dilema emocional y cultural por no saber si tenía que darle dinero o no.
Dicen que “La mano que pide siempre está debajo de la que da.”
Alguien me empujó por detrás. Volví a la realidad sobrecogida por tantas sensaciones de golpe y, como huyendo, me fui sin darle moneda alguna. No conseguí entender por qué había escogido ese hombre, vivir con su mano por debajo de las demás…

Este texto ha sido publicado en El Armario De Yaïvi, un blog que La Celda de Mumia sigue con mucha atención.

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